Compost domiciliario sin malos olores: proporciones, volteos y paciencia
Notas de un compostero de patio chico que aprendió a la fuerza
El primer mes de compostera en el patio fue una sucesión de olores raros y decisiones apuradas. Empezamos con un tacho de veinte litros sin fondo, apoyado sobre tierra, a media sombra y a dos pasos de la canilla. La idea era simple: tirar los restos de la cocina, tapar con algo seco y esperar. La realidad fue otra. A la semana el balde empezó a oler a podrido y aparecieron moscas chicas que no se iban ni con la tapa puesta.
El problema no era la compostera, era la mezcla. Estábamos cargando casi todo material verde: cáscaras de papa, restos de lechuga, borra de café, yerba usada. Todo eso junto, sin nada seco que lo absorba, se apelmaza y fermenta sin aire. Ahí aprendimos la primera regla que anotamos en el cuaderno: por cada puñado de restos húmedos, dos o tres de material seco. Hojas del ligustro del fondo, cartón sin tinta cortado en tiras, aserrín de un arreglo de taller. Cuando corregimos esa proporción, el olor cambió en cuatro días.
Lo que fuimos agregando quedó registrado con fecha. Cáscaras de huevo molidas con mortero, porque enteras tardan meses. Yerba del mate escurrida, que aporta nitrógeno pero acidifica si va sola. Restos de poda de la huerta, picados con tijera de mano para que no armen huecos. Y una capa fina de tierra cada tanto, que ayuda a que los microorganismos trabajen y tapa el olor superficial.
El volteo fue la otra corrección. Al principio movíamos la pila cada diez días, con la idea de no molestar el proceso. Error. En patio chico, con volumen bajo, la pila se enfría rápido y necesita aire más seguido. Pasamos a voltear cada tres o cuatro días con una horquilla de mano, siempre llevando el material del centro hacia los bordes y lo de los bordes hacia el centro. La temperatura del núcleo subía después de cada volteo y bajaba al día siguiente. Eso, aprendimos, es buena señal.
A las cuatro semanas el material del fondo ya tenía otro aspecto: oscuro, desmenuzado, con olor a bosque húmedo y sin restos reconocibles. No lo medimos ni lo pesamos. Solo anotamos que estaba listo cuando ya no se distinguía qué había sido cada cosa. La compostera quedó donde está, cerca de la canilla, porque en verano hay que regarla cada tanto para que no se seque del todo. No hay compost perfecto, solo compost atendido.